11.8.11

TICS

Hace poco tiempo me puse a analizar una conducta que creía que ocurría en otros sitios no tan cercanos y menos aún... Que yo misma estaba actuando de tal modo. Trabajando en la maravillosa biblioteca desde hace veinte años, con una infancia y adolescencia curiosa llena de lecturas, me encuentro hoy en medio de LA NADA DEL TODO. ¿Qué es ésto? Simple, sencillo, lo que nos pasa a muchos... Pellizcando datos, imágenes, canciones, videos, significados y casi casi todo, científico, doméstico, trivial pero siempre en INTERNET... ESE MARAVILLOSO LEVIATAN.

Cuando ayer pensaba en la falacia de que la web es tecnología y datos al alcance de la mano... de que manos? de cuantas manos? Miraba a Etiopía, a Benedicto XVI en la JMJ, a los estudiantes chilenos con sus justos reclamos, los Indignados multiplicados, el día del niño, las colectas, las publicidades... ¿Que hacemos? ¿Seguimos siendo capaces de analizar lo que hacemos, vemos... sentimos?

Desde lo laboral, hice el balance de lo veloz del cambio, lo crudo de la realidad... y la incuestionable verdad:

NO SOY NI SERÉ TAN RÁPIDA COMO GOOGLE!!!
NUNCA PODRÉ ENCONTRAR UN TEMA EN FUENTES VARIADAS PORQUE NO TENGO OPCIÓN DE HIPERVÍNCULOS!!!
NUNCA VOY A ENCONTAR TODO LO QUE BUSCO PORQUE NO TENGO LA HERRAMIENTA DE "GUARDAR COMO"!!!
SIEMPRE VOY A TENER SENSIBILIDADES ESPECIALES PORQUE NO SE ME CAE EL SISTEMA (AUNQUE A VECES PARECIERA) etc. etc. etc.

¿No nos pasa que antes de dormir pensamos "Le tendría que haber comentado la foto a...", "Mañana añado a tal contacto", "No controlé el mail, pero por suerte tengo el celular acá en la almohada", "AYYY! No poder twittearlo porque estoy en el Banco!", "Que buena foto le robé desde el pasillo con la Blackberry" etc. etc. etc.

Soñar en blanco y azul? Les suena? Con notificaciones en colorado? Hablar en pesadillas con personas virtuales?


No pretendo sonar apocalíptica ni novedosa, de hecho hace décadas que McLuhan y otros lo decían, y parecía Orwelliano... Hay sobradas pruebas de que la realidad objetiva anda muy rápido, y nosotros al ritmo de ella. Desde la Biblioteca, espero, tal como mis compañeros (y creo compartirán aquellos que lean), espero decía, y confío en que podemos seguir con nuestra tarea delicada y deliciosa de acercar tal vez más lentamente, tal vez menos colorida o sonoramente, pero seguro con dedicación y PERSONALIZADA ATENCIÓN la información o el libro de mano humana a mano humana, de ser a ser, y nadie nadie se va a retirar de una sala de lectura sin haber podido satisfacer sus necesidades. Una gran pequeña utopía? PROBEMOS.

Todo lo anterior viene como hijo de la lectura de un último artículo que les adjunto y me resultó DEMASIADO INTERESANTE Y PARA NO DEJAR PASAR

Paula Anta



El domingo pasado el escritor Mario Vargas Llosa expuso en su columna Piedra de Toque su lectura y opinión acerca del polémico libro Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011), de Nicholas Carr, experto en tecnologías de la comunicación y, al mismo tiempo, crítico severo de la transformación que las nuevas tecnologías están produciendo en el campo cultural y en el cerebro humano. Internet no es únicamente un medio o herramienta de búsqueda de información, sino una poderosa influencia sobre nuestras maneras de leer, pensar y actuar.
Nicholas Carr, antiguo voraz lector de libros de literatura, “un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión...” La lectura profunda y concentrada se había convertido en un descomunal esfuerzo. Lo habitual para el que navega en la Red día y noche es, como bien dice Vargas Llosa, el “picoteo de la información” y el “mariposeo cognitivo”, lectura superficial, rápida e hipervinculada; pocas veces la concentración y la atención prolongadas. Entre otras cosas, dice Vargas Llosa:
No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la "inteligencia artificial" que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado "la mejor y más grande biblioteca del mundo"? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?
No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O'Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: "Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos". Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para "informarse". Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: "Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros".
Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer Guerra y Paz o El Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?...

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