28.2.08

Oriente y Occidente

El saludo que no se puede ignorar


por Matías Zibell


Aunque el idioma más difundido en Pakistán es el urdu, el hecho de que sea el segundo país más poblado por musulmanes en el mundo hace que se cuelen en el hablar cotidiano varias palabras árabes.
En mi viaje como enviado especial para cubrir las elecciones parlamentarias me encontré en varias ciudades paquistaníes con el saludo que utilizo todos los días aquí en El Cairo, salam aleikum , o "que la paz esté contigo".
Y el encuentro no pudo haber sido más agradable ya que aunque en esta vida de errante he dicho "hola" y "adiós" en varios idiomas, nunca he hallado un saludo tan infalible como éste. Jamás nadie ha dejado de responder a mi deseo de paz.
He perdido la cuenta de las veces que he pronunciado "buenos días" ante amigos, conocidos y extraños y sólo he recibido como respuesta el eco de mi saludo perdiéndose en la indiferencia o el apuro de mi interlocutor.
Lo mismo me ha ocurrido con el "ciao", el "bonjour", el "good morning" "hi" "how are you", pero el salam aleikum parece obligar a su destinatario a responder inmediatamente aleikum salam con la fuerza de una orden, el hábito de un reflejo o la solemnidad de un protocolo no escrito.
No atribuyo esta infalibilidad a una cuestión de educación. En otras costumbres cotidianas, mis vecinos egipcios se saltan formas varias, reglas, normas cívicas y muestras básicas de respeto sin dudarlo ni un segundo, como lo hace cualquier hijo de vecino en Latinoamérica, Estados Unidos o Europa.
Me gusta pensar que en realidad, ni la persona más mal educada del universo puede ignorar la fuerza intrínseca de un saludo que en lugar de simplemente desear una buena jornada, va más allá y pide por la paz de otro ser humano.
Aquí no faltará quien me diga que estoy idealizando, que este lugar del mundo no se caracteriza justamente por ser un oasis de tranquilidad y que por el contrario, sobran guerras, muertes, luchas fratricidas, conflictos sectarios, atacantes suicidas y otros horrores dignos de mención.
No dudo de la veracidad de esta lista de tragedias, pero desde que pronuncié por primera vez salam aleikum en aquel abril de 2003 he sentido respeto y admiración por este saludo que sabe a juramento.
Hace casi 5 años todos los periodistas de la BBC que habíamos llegado a Irak a cubrir la guerra o lo que quedaba de ella debíamos respetar ciertas medidas de seguridad. Viajábamos en convoys, nunca trabajábamos solos y avisábamos a otra persona de nuestros planes.
Después de una semana de cumplir este régimen en Kuwait y en el sur iraquí, un día salimos mi colega brasileño Paulo Cabral y yo solos por la ciudad de Basora a conversar con la gente y tomar fotografías de los destrozos causados por los bombardeos.
Nuestro primer destino fue un edificio del gobierno que estaba en ruinas. La gente decía que el gobierno de Saddam Hussein mantenía presos políticos en los sótanos de esa dependencia y que estos hombres habían sobrevivido a las bombas y esperaban ser rescatados.
Cuando llegamos el ánimo no era muy bueno. Cadenas de personas retiraban piedras de los escombros y miraban con desconfianza a los periodistas extranjeros que fisgoneaban en sus miserias. El humor no mejoró cuando saqué la cámara de mi bolsillo para tomar algunas fotografías.
Apelé entonces a las únicas dos palabras que conocía en árabe -salam aleikum- y las repetí como un mantra ante cada iraquí que me cruzaba por el camino. Nadie me detuvo, nadie me hizo preguntas, nadie se interpuso entre mi lente y mi objetivo. Todos respondieron como Ala manda y me dejaron trabajar tranquilo.
Por más que recuerdo aquella anécdota con cariño, no soy tan ingenuo de pensar que un saludo tiene el poder de evitar un conflicto y sacarnos de un aprieto.
Imagino que si a alguien por estas latitudes se le ocurre un día la estúpida idea de secuestrar al corresponsal de BBC Mundo en Medio Oriente, no se detendrá en su empeño tan sólo porque yo lo reciba con un salam aleikum.
Pero me juego que mi secuestrador me dirá, aunque sea por costumbre, aleikum salam.
Después seguramente me dará en la cabeza con la culata de su AK 47 y me tapará la cara con una capucha negra, que como dicen en mi tierra, "lo cortés no quita lo valiente", y siempre hay tiempo para volver a hacer las paces.





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