6.3.08

El fin del policial de enigma

Con El enigma de París, Pablo De Santis desembarca en uno de los géneros más visitados de la historia: la novela policial, que no ahorra en extraños personajes, un misterio por resolver y un posible asesino serial.

Sigmundo Salvatrio, hijo de un inmigrante italiano, es el guía por el mundo de los detectives privados en El enigma de París, la última novela del escritor y guionista de historietas Pablo De Santis, que obtuvo el Premio Interamericano Planeta-Casa de América de Narrativa 2007 y que la editorial distribuye en estos días.
De la mano del joven e inexperto Salvatrio, el lector es introducido en el ambiente de los detectives a fines del siglo XIX. Ni el lugar ni el año parecen ser casuales: la tumultuosa París, en 1889, es la sede de la Exposición Universal donde se exhiben increíbles y fantásticos inventos producto de la imaginación técnica de la época. Pero París también es el lugar donde el Ingeniero Eiffel está construyendo una moderna torre en medio de la ciudad luz.
En este marco de progreso y cientificismo, Sigmundo Salvatrio llega a París para asistir a la reunión de Los Doce Detectives, club que reúne a los investigadores más afamados de todo el mundo. Entre los más conocidos por el público argentino que leía la revista La clave del crimen (especie de “revista del corazón” de los detectives en donde se narran sus aventuras, peleas y singulares costumbres), se encontraban Magrelli, llamado “El ojo de Roma”, el inglés Caleb Lawson y el alemán Tobías Hatter. Famosa era la disputa por el título de Detective de París entre Louis Darbon y Viktor Arkazy, pero también se seguían las peripecias de Fermín Rojo, detective natural de Toledo, y hasta del misterioso Sakawa, investigador de Tokio.
El ambiente de la reunión de los detectives se ve sacudida por la muerte de uno de los Doce. Y es en ese momento donde afloran todo tipo de sospechas, intrigas y viejas peleas entre los maestros del crimen. La iniciática investigación de Salvatrio, la disputa de la racionalidad contra el misticismo y la existencia de un posible asesino serial entre los detectives constituye el eje por el cual el lector es conducido hasta la solución final del misterio, como en la tradicional novela de enigma.
La ruptura que introduce De Santis con su relato es la de extremar los recursos y situaciones comunes del género. Ello lo lleva a cabo mediante la reflexión del protagonista de la novela que, más que contar una historia, por momentos parece descubrir los mecanismos del típico policial que supieron explotar Agatha Christie o Conan Doyle. De esta forma, los detectives se muestran siempre con un aire de soberbia y los ayudantes (“adláteres” en la novela) representan el “sentido común”, la explicación más obvia para que su jefe, al final y sorpresivamente, pueda lucirse.
Como ya es costumbre en la obra de De Santis, el universo de El enigma de París está atravesado por un aire de extrañeza y de personajes huraños, que remiten a sus primeras novelas como La traducción y Filosofía y Letras.

(Agradecemos la colaboración de Juan Di Loreto, autor del comentario)


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