7.12.10

"Querida"

Los invitamos a leer este cuento de una "amiga de la casa" y, si lo desean, pueden enviar sus comentarios a bcacuri@tsas.com.ar



** QUERIDA **

Me dí cuenta que mi vida tomaba un rumbo diferente, a pesar de mis cortos años, cuando vi entrar esa camioneta roja, doble cabina, que para ese entonces era algo nunca visto, con detalles niquelados en las ventanas, que a mi y a toda mi familia nos dejó asombrados.
Estábamos tomando mate a la sombra del olmo, cuando apareció. El niquelado de sus detalles parecía venir haciendo guiños y morisquetas, enseguida nos paramos y cuando se detuvo y bajó ese hombre tan grande y fornido nos quedamos medio “cortos”.
Tenía una ropa extraña para nosotros: Unas bombachas (luego me enteré que las llamaban “plisadas” y son salteñas), botas arrugadas medio cortonas y un gran sombrero de ala muy ancha, que también era salteño.
Se aproximó a mi padre y tendiéndole la mano se presentó:
-Justo Suárez Saravia, para servirle, soy su nuevo vecino-
-Ramón Rodríguez, encantado. Ella es Rita, mi señora, Carlos José, el mayor, Vicky y Lorenzo.
-Qué linda camioneta, ¿la podemos ver?- No pude contener mi curiosidad.
Y allí fuimos a admirar semejante belleza… En el campo somos todos así, los “fierros” son lo primero que admiramos. Después pasamos al mate y así siguen las cosas.
Don Justo nos contó, que como habían dicho sus prendas, era salteño de pura cepa. Pero le gustaban los caballos y aunque se dedicaba a la cría de ellos en el norte, había venido a esta parte del país porque le gustaba la tierra arenosa para los pura sangre de carrera. Hacía poco había comprado esta estancia y luego de algunos arreglos vino a pasar unos días y a conocer a sus vecinos.
Era un hombre sumamente agradable y con su charla y la nuestra, porqué no, se pasó el tiempo rapidísimo.
Nos invitó a comer unas empanadas salteñas, en unos días y se fue tranquilo nomás con una sonrisa fresca en sus labios que ni se veían tapados con su negro bigote.
El sábado al mediodía nos aparecimos en “La enramada” (así se llamaba el campo, él decía que las enramadas protegen las casas) y así sería nomás en sus pagos.
La casa era sencilla, pero fuerte. Nos presentó a su peón de confianza, Martín Vallejo, un hombre solo como él y que entendía mucho de caballos, él se quedaría al frente del establecimiento, cualquier cosa, que le dijéramos a Martín, era de total confianza.
Al pasar por su lado, tocándome la cabeza me dijo:
-Debés ser bueno para los caballos, si quieres yo te voy a enseñar tooodo lo que se de ellos-
Me quedé sin palabras pero mis ojos hablaron por mí. Mi padre le dijo:
-Ahora no se lo va a poder sacar de encima, adora los caballos y ni yo, ni mi otro hijo, tenemos tiempo para salir a montar tanto como él quisiera, así que va a tener compañía cuando quiera.
El mismo Martín había hecho las empanadas, las sirvieron así medio en confianza, en un platito, eran LA LOCURA, mi madre tuvo que decirme que dejara de comer porque me podían caer mal. Después comimos fruta, comida de hombres, sencilla pero rica. Los mayores se quedaron tomando te de yuyos (muy típico de norteños) y luego fuimos a ver la hacienda.
¡Qué caballos!, eran una pinturita. Los caballos de pura sangre me parecían los más hermosos del mundo hasta que conocí a los Caballos Peruanos, jamás había visto trotar a un “pingo” como esos, van como revoleando las manos en alto y mueven las “ancas” como una mujer, su cuello como enroscado, lo mantienen de frente mirando bien derechito, y a sus largas crines las sacude el viento, sólo a ellos se los puede llamar “magníficos”, por lo menos eso es lo que me parece a mí.
Después fuimos a las “cuadras”, había dos caballos en los Boxes, y en otro tirado sobre una cama de pasto había un montoncito de pelo oscuro, apenas si llegaba un poquito de sol hasta él.
Me fui enseguida a ver qué era y apenas movió su cabecita y vi que era un potrillito oscuro, que al mirarme, quedé prendado en sus ojitos tristes de despedida. No pude contener mis lágrimas de pibe y lo miré a Martín, preguntándole qué pasaba…
-Nació ayer, todo bien, pero a la noche se murió su madre, vos que sos campesino, sabes que es muy difícil que viva.
- ¡Pero mira!, justo antes de ayer, a la Fátima, mi yegua vieja, le vendieron su potrillo, ella es muy viejita pero tiene leche y es tan buena que seguro que lo va a querer y yo…
-Cállate, Lorenzo. La gente ésta sabe lo que pasa con sus animales, no vas a venir vos a enseñarles-
Sin decir nada le supliqué con mis lágrimas a Don Justo por él.
- Bueno Lorenzo, andá con Martín y llevala, porque es una yegüita y si vive te la regalo, con la condición que seamos socios, ¿Qué te parece?-
Hasta Martín corría atrás mío, -¡Vamos niño, apurémonos que se nos muere!-
Preparamos una camita así nomás, me subí en la “caja” de la camioneta y con la cabecita de la recién nacida volamos para mi casa.
Enseguida, como la Fátima se me viene volando cuando me ve, se la pusimos al lado y como si siempre la hubiera tenido ahí, igualito como dice Martín Fierro, “se le prendió como huérfano a la teta” tal cual. Lo que pasa, es que la Fátima es como la Virgencita, milagrosa.
Con Martín nos abrazamos y sin decir nada nos alejamos despacito, como sabiendo que la viejita tenía de nuevo a su hija y ella a su mamá, la pucha, que lindo.
Cuando se iba el capataz me dijo:
-No voy a decirle nada al patrón, solo que la dejamos ahí, no quiero que se haga ilusiones, otra vez te contaré por qué.-
No pregunté, Martín sabría y él era y sería mi amigo para siempre.


Pasó el tiempo y mi yegüita creció, le puse de nombre Querida, no le cabía ningún otro y a Don Justo, Martín no le dijo nada.
Un día llegó don Justo de visita y estaba hablando con papá cuando legué yo, por supuesto atrás venía Querida a todo trote, como siempre andábamos juntos. Don Justo alzó la mirada y se quedó mirándola asombradísimo, luego me miró y poniéndome una mano en el hombro me dijo:
- ¿Así que ahora somos socios? Mira vos, no sé si sabías que esta yegüita tiene la mejor sangre de mi rodeo. La madre estaba ya mayor y la traje para que tuviera su última hijita y ya vez lo que pasó, ahora vamos a criar lo mejor de lo mejor, es preciosa.
-¿Cómo se llama?-
-Querida.
-Y, sí, no podía llevar otro nombre. Cuando te vi ir hacia ella me dí cuenta que te había robado el corazón. Yo sé que a tu padre le parecerá raro esto de que somos socios, pero yo no tengo herederos y en esto sé que vos vas a ser el mejor. Ya arreglaremos los papeles…
Mi padre empezó a protestar y decir una sarta de razones, pero por algo se llamaba Justo, y no quiso saber de ningún cambio. Yo mudo.

Pasaron los años y la vida en el campo siguió tranquila como siempre. Mis hermanos se fueron a estudiar, uno ingeniería y la otra Profesorado de Literatura y yo me quedé el único en la casa mientras terminaba el secundario.
Un día de muchísimo calor, estábamos trabajando en la “manga” con mi padre, cuando éste se sintió muy descompuesto. Lo llevamos al sanatorio, pero no hubo nada que hacer, fue un derrame muy grave y apenas duró dos días inconciente y se fue.
Yo no podía creer que eso pudiera pasarle a un hombre como él, sano, joven, laburante…habían llegado mis hermanos y
también estaban como yo, parecíamos hipnotizados ante tanta tragedia.
Me quedé en casa, esperando. Esas esperas inútiles en que uno no piensa, no razona, no quiere saber que pasa o va a pasar, simplemente mantiene su mente libre para esperar la noticia que sea y duela menos, un pensamiento blanco, diríamos y sonó el
teléfono, mi papá había muerto.
Salí corriendo como una tromba hacia la casa de Martín, no sé bien porqué pero tenía que irme de allí, él no estaba, lo llamé a los gritos y apareció Don Justo, ni sabíamos que estaba, me miró y abrió sus brazos para que me refugiara en ellos pero sin saber porqué. Lloré toda mi vida, esa vida que nunca iba a volver, por mis catorce años y mis sueños de niño, mi espera de un padre que nunca iba a volver, porque, aunque uno lo sienta junto a sí, su vuelta física para tantas cosas, se sabe que no existe, Es un llanto desesperante de un dolor que duele y no hay remedio, era mi primer dolor de hombre que abrasa y uno no quiere parecer un flojo, y ahí estaba la única persona que podía apagar las brasas de mi sentir, Don Justo.
No nos dijimos nada. Después de no sé cuánto tiempo, fuimos hasta la camioneta y me llevó a casa. Mi madre había llegado y también mis dos hermanos. El me abrazó muy fuerte, le dio la mano a mi mamá, también a mis hermanos y se fue en silencio dejándonos con nuestro dolor en paz.
Papá siempre había dicho que quería que sus cenizas descansaran en el cañadón del fondo de la estancia, porque era un lugar donde siempre había sido feliz y así lo hicimos. Ahora es más común que la gente quiera ser cremada, pero antes no. Mi hermano se oponía pero tuvo que ceder porque él también lo había escuchado a nuestro padre. Pero a la noche cuando volvimos a la casa mi hermano nos dejó aún más consternados. Nos dijo que no quería nada de la estancia, para él era como la asesina de su padre. Pensaba recibirse ese año y se casaría con una noviecita que tenía carta de ciudadana italiana (por eso nomás, pero era buena y lo quería mucho) y se iba a vivir a Italia, ya mandaría su dirección, pero no pensaba volver a la Argentina, él no había sido feliz aquí, probaría en Europa donde había muchas posibilidades para la ingeniería que él había estudiado.
No le dijimos nada, si estábamos agobiados por el dolor, esto no nos hizo nada mejor, pensamos que era como una forma de manifestar su bronca y callamos, Carlos José era muy especial y nunca había hablado de nada privado. También nos manifestó que lo que le correspondía por herencia se lo compráramos como quisiéramos y una vez todo junto se lo enviáramos a Italia.

Transcurrió el tiempo, mi hermana se casó con un ing. Agrónomo y vinieron a vivir con mamá, entonces yo me fui a vivir con Martín que había traído una muchachita de su Salta, muy agradable y tranquila, de esas personas que uno no las siente pero todo está hecho. Me recibí de Veterinario y por supuesto me especialicé en caballos y vacas, entonces me convertí en encargado de hacienda de mi casa y la de don Justo y también lo aconsejaba en la hacienda de la Enramada Norte (la de Salta). Mi cuñado atendía la parte agrícola.
Yo ya tenía 28 años, cuando un día me llama Don justo y me dice que me enviaba su avión para que fuera con mi madre a Salta, tenía que hablar de números conmigo y como se había modernizado quería que mi madre conociera el norte. Me pareció algo fabuloso y mamá aceptó gustosa.
Fue un viaje muy lindo y el lugar a los pies del cerro Salteño era algo increíble. La casa baja con el frente lleno de arcos y enramadas cuajadas de glicinas y otras flores que no conozco pero muy fragantes le daban la típica apariencia de una casa acogedora. Los dos primeros días recorrimos la estancia y al tercero llegó un señor muy trajeado, nos presentó, era su escribano.
El se fue a descansar un rato y nosotros pasamos al escritorio, donde Don Justo nos habló así:
-Quiero que sepa Doña Rita, que me encanta que haya venido, porque ante todo quería que conociera este lugar, pero hay otro motivo, serio, del que quiero que hablemos, para que sepa de qué se trata y porqué.
Mi madre se movió incómoda en su asiento, porque no estaba acostumbrada a participar en las conversaciones de los hombres, pero no dijo nada.
-Cuando era joven- prosiguió- tuve un hijo que murió junto con mi mujer en un accidente de auto. Saben lo que es perder a un ser querido. A los pocos años, compré La enramada Sur. Allí lo encontré de nuevo. Para mí Lorenzo fue como el pequeño que yo había perdido. Lo que pasó con Querida, fue como una confirmación de lo que yo había sentido. No lo había hablado con nadie, pero un día se lo comenté a Martín, me dijo que para él era también como el patroncito chico.

Cuando murió su padre y él vino a mí, sus lágrimas me dijeron mucho más de lo que alguien puede confesar en mil palabras, él era mi niño y Don Ramón me lo estaba dando y un perfume de rosas nos envolvió, ¿saben? Eso es cuando la Virgen está presente y qué casualidad, la yegua que salvó a Querida se llamaba Fátima.
No sé cuánto tiempo voy a vivir, espero que sea mucho pero quiero que sepan que todo lo mío es de Lorenzo. Yo ya le había manifestado a Don Rodríguez que Lorenzo sería mi socio y como tal tiene que figurar en mis papeles. No hago mal a nadie, no tengo ningún heredero ni familiar-
No me rechaces esto, sé que es un gran regalo, pero si no lo hago contigo, a quién se lo daría,
que estoy seguro lo único que traería serían trampas, dolores y engaños. Hay mucha gente que hace cosas parecidas y está muy bien, más que cuando los elegidos son personas como lo eres tú, sincero y nada pretencioso.
Para qué me iba hacer rogar por algo que a parte de ser tan fabuloso, demostraba el sentimiento de Don Justo que era tal cual el mío por él y yo sabía que lo cuidaría lo mejor que yo pudiera, por él y por mi. Nos dimos un gran abrazo y no necesitamos más.
Esa tarde al caer el sol, llegaron dos visitas, una mujer morena de ojos centellantes y algo duros, el pelo lo sostenía con una larga y gruesa trenza. Venía sentada como lo hacen las mujeres en el norte, con las piernas para un lado en una montura especial, pero que no le resultaba incómoda para nada, por supuesto el caballo era un peruano, ruano, bastante nuevito. El otro era un señor, que se presentó como el padre de Teresita, él no tenía más que un lindo caballo pero no peruano.

Saludaron a todos y Don justo los presentó como sus vecinos. Pasamos adentro y charlamos de todo. Yo no podía sacarle los ojos a la muchacha, que una vez que entró en confianza era muy agradable y se desenvolvía en la casa con toda agilidad, evidentemente se conocían de toda la vida. Se hizo tarde y cenamos y luego se quedaron a dormir para no volver de noche, porque la casa no quedaba muy cerca que digamos.
En la mañana los primeros en levantarnos fuimos los jóvenes y Teresita me invitó a conocer el campo que tenía unos lugares medio secretos lindísimos. Para mi fue la gloria, estaba enamorado como un niño, era mi primer amor y no podía creerlo. Esa muchacha tan sencilla y adorable me había robado el corazón, como Querida así de un repente, como diría Martín, cuando uno no puede explicarse algo que sucede como un rayo.
Pero no le dije nada y menos con nuestros padres enfrente y más cono
ciendo como son estas personas de campo. Cuando se fueron esa tarde, le dí la mano y le dije que volvería pronto y que esperaba verla.
Don Justo estaba muy contento por lo bien que nos habían caído y dijo que se alegraba mucho que nos fuéramos conociendo, así me iría aquerenciando con las personas del lugar. Yo chocho, era un aceptar de su parte.

Volvimos as nuestras casas y todo siguió como antes, pero un día Martín me preguntó:
-¿Lo veo muy ansioso por volver al norte, que le ha pasado por esos pagos?-
- Nada, es que me gustó mucho, no imaginaba que sería así y pienso que se podría hacer más cosas, tengo que verlo un poco con más tiempo y analizar, no sé-

No quería dejar ver mi ansiedad por Teresita, algo tan pronto y casi sin justificativos, sé que soy alguien un poco seco y podría ser un sentir de juventud, me crié un poco solo y estas cosas no se me daban como a otros.
Al final un día partí, Don Justo me envió el avión y allí fui con tantos sueños como con algún temor de meter la pata. De mi trato con Martín y con Don Justo, había aprendido que eran bastante diferentes en su manera de pensar y vivir el norteño con nosotros los del sur. La forma de ver la vida y de transmitir sus sentimientos y sus deberes, era totalmente diferente de la nuestra. La fidelidad y pertenencia, a las personas con quienes se sienten unidas es muy fuerte, en especial la gente del verdadero interior. En nuestra vida diaria todo es muy distinto, no quiero juzgar a nadie, sólo que esta manera, que ya se estaba perdiendo había que respetarla, eso, el respeto es algo casi sagrado y como tal lo tenía que ver yo.

Por supuesto que nos encontramos muy bien con Don Justo e hicimos un montón de paseos revisando los caballos y los potreros que tenía. Hablamos con un ing. Agrónomo bastante bueno, que comprendió lo que yo quería que sembráramos para utilizar los lugares apropiados para sembrar y hacer pasturas. Había muchos adelantos que se podían implantar en ese campo que era tan bueno. Hablamos de un sin fin de cosas que el ingeniero quedó en averiguar y tenerme las respuestas para mi vuelta.
Don Justo estaba contentísimo con mi entusiasmo contagioso, me contó como al pasar que esa noche iría Teresita a visitarlo, casi me caigo del caballo, pero disimulé lo mejor que pude.
Después de descansar un rato, bajé para la cena y casi me muero cuando al llegar abajo la veo a Teresita en brazos de Don Justo, no, no era que él la tenía tomada por los hombros, se
estaban besando como un hombre y una mujer, ellos no me habían visto pero era tal mi estupor que no podía moverme, estaba totalmente espantado, el viejo con semejante muchachita, qué era esto.
Por supuesto que al final me vieron, pero no les molestó.
-Bueno, aquí está mi muchacho-
-¿Hola que tal Lorenzo?-
Yo seguía duro como una piedra, mirándola a ella con la boca abierta. Un total imbécil que no podía creer lo que había visto.
-Pero ché, Parece que nunca habías visto a una pareja besarse, diría yo- dijo Don Justo.
-Es que para mí, usted era solo, discúlpeme, no sabía, perdón Teresita-

-No es nada Lorenzo, yo soy la alegría de Justo que siempre ha sido tan bueno con mi familia, nosotros le debemos mucho. No pretendo nada de él y él lo sabe y nos respeta por ello, cuando me case entonces todo habrá terminado, pero nuestro cariño y respeto seguirá por siempre. Así somos nosotros y nos sentimos bien. Espero que lo entiendas, ¿no?
-Cada cual vive como quiere, auque no lo entienda, lo acepto, ¿está claro?-
A la mañana temprano me fui de Enramada Norte. No podía verlos juntos. Era como estar viendo un pecado y simplemente no podía, soy un estúpido.

Pasado unos días Martín me habló, me habló, estoy seguro que se lo pidió Don Justo. Me habló con las palabras de un paisano del norte y lo pude entender algo mejor. Pero me dolía pensar en Teresita tan joven y él un viejo. Me daban ganas de ir y decirle todo lo espantoso que veía ese acto, pero sabía que no podía, ellos tenían otro sentir.

Con el paso de los años se fue apagando ese fuego, aunque siempre iba a amar a esa mujer aunque nunca ella me hubiera amado.
Ahora ya piso los cincuenta, estoy casado con una mujer a quien amo de veras pero de una manera muy diferente. Teresita siempre estará allí en el fondo de mi corazón, dulce e inocente, la alegre Teresita. Tengo dos hijos y el mayor es el ahijado de Don Justo y por supuesto lleva su nombre, aunque me parece que de caballos, nada. A la que sí le encantan es a la princesita, vive arriba de ellos y bueno no es una cuestión de sexos esto de los caballos.
Don justo se ha venido a vivir a Enramada Sur, lo acompaña siempre el bueno de Martín.
Mamá falleció hace algunos años y nunca lo volvió a ver a Carlos José, yo le envié su herencia por intermedio de un escribano. Mi hermana adoptó dos mellicitos y vive en el pueblo, nos vemos seguido.
La vida tiene estas cosas, lindas y feas, a veces creemos tocar el cielo con las manos y otras la pena y lo espantoso nos dan ganas de morir. Nada es tan terrible, debemos saberlo, mañana habrá otro sol y otra noche, pero volverá la luz para saber que nada pero nada interrumpe la vida en donde está eso que nos hará vibrar el alma.


Autora: Regina

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