12.10.11

LA LECTURA EN TIEMPOS DE CRISIS


“Para mí, el estudio ha sido el supremo remedio contra el hastío de la vida, pues no ha habido pesar que una hora de lectura no haya quitado”, escribió Montesquieu. Jean-Paul Kauffmann, preso durante tres años en Líbano, recuerda: “Metido en el fondo de mi lectura, produciendo dentro de mí otro texto. Extraño goce, equivalía a una liberación provisional. Encadenado y a la luz de una vela, conocí la adhesión absoluta al texto, la fusión total con los signos que lo componían…”.

Testimonios como esos abundan entre los lectores habituales. La lectura como una liberación provisional (que puede prolongarse toda la vida) y como remedio contra el tedio y la mezquindad que nos rodea. Y es antigua la creencia de que la lectura puede contribuir al bienestar y mejoría de las personas. Los programas de promoción de la lectura se sustentan en esta idea. Pero, en realidad, ¿puede ayudar en algo la lectura cuando se viven tiempos de crisis económica, política, social y cultural? ¿Para qué sirven los libros o la lectura cuando estamos sitiados, amenazados y angustiados por una violencia desbordada?

Es cierto que nosotros estamos muy desconcertados por una violencia extrema que, gracias a estrategias oficiales equivocadas, se reproduce inusitadamente y comienza a alcanzarnos a todos. Es una circunstancia tan crítica que no sólo afecta y cuestiona la representación de nosotros mismos, sino el sentido total de nuestras vidas. ¿Puede contribuir la lectura a nuestra reconstrucción y a reconfigurar con imaginación y complejidad el sentido de nuestra vida? Como muchos otros, pienso que sí.

Las épocas de grandes crisis económicas y las guerras volcaron a la gente a refugiarse en los libros. J.M.G. Le Clézio, que por esos años estaba en Niza, escribió: “No se podía salir, era demasiado peligroso. Los caminos y los campos estaban minados […] Vagabundear era imposible. No teníamos muchos amigos, vivíamos aislados. Había que poblar ese vacío, y allí estaban los libros”.

¿Qué buscaban en esos libros? El diálogo, el acompañamiento, la hospitalidad; en otras palabras, un hogar para vivir. Un relato que les ayudara, en medio de una fuerte crisis, a reconstruirse como sujetos. Un poema que los pusiera en contacto con otra subjetividad. Alejarse del mundo, de su mundo, para observarlo con mayor claridad. La literatura abre puertas y ventanas hacia horizontes distantes que contribuyen, paradójicamente, a comprendernos. Nos impulsa a edificar un “país interior, un espacio psíquico” que nos coloca en posición de sujetos, cuando algo se ha resquebrajado. La literatura nos aporta palabras, discursos, imágenes, símbolos, emociones y lazos de intersubjetividad para interpretar el mundo que habitamos, para leerlo.

A esos momentos de respiro, de pausa, de refugio entre los libros; a esos instantes en los que uno detiene la lectura y levanta la vista para perderse en la imaginación provocada por lo leído, es a lo que tanto se oponen las escuelas, los patrones, que sólo privilegian la utilidad y la rentabilidad económicas (aunque luego les asuste, ¡hipócritas!, la crisis de valores). En tiempos de violencia, los libros ofrecen herramientas para vivir de una manera distinta. Hoy, como nunca, los necesitamos.

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