6.3.12

LARGA VIDA A LOS BLOGS


¿Qué tienen de malo los blogs? Nada, creo yo. Pero hay gente que insiste en que estamos muy cerca del final abrupto y definitivo de las bitácoras en línea. Sospecho que se trata de "opinadores profesionales" que no tienen otra cosa que hacer más que vaticinar eventos que difícilmente ocurran, solamente para decir: "Aquí estoy, soy el oráculo de internet". Pero allí están, y lo más educado sería otorgarles el beneficio de la duda.

Soy de los que creen que el blog goza de excelente salud. Y lo incluyo entre los más maravillosos inventos de internet (ya de por sí un invento maravilloso), junto a Wikipedia, YouTube, Google Maps y las redes sociales, que crecieron tanto en tantos aspectos que a algunos se les da por creer que los blogs ya no tienen demasiado sentido.

Rebobinemos. Vayamos bien atrás, a la prehistoria de la web, digamos... ¿el año 2000? Navegar por la web era mirar páginas. Leer textos y ver fotos. La única forma de interactuar era subir un sitio propio a Geocities y pasarse del otro lado del mostrador. Por supuesto que hice allí mis primeros intentos, con una página bastante improvisada (acorde a mis pobres conocimientos de diseño en html), aunque jamás supe con exactitud si algún cibernavegante llegó hasta ella.

Alguna vez asistí a un curso de internet de esos en los que se toman un puñado de apuntes y se aprenden una o dos cosas. Alguien preguntó por los blogs y estoy seguro de que fue la primera vez que escuché la palabrita. No demoré en buscarla por internet (estoy seguro de que todavía se usaba AltaVista): era todo un mundo nuevo, un universo de posibilidades.

Open Diary había sido el gran innovador, permitiendo subir entradas individuales en las que los usuarios podían dejar sus comentarios, pero la explosión llegó con Blogger, mucho más fácil de usar, incluso para los que jamás escucharon hablar del lenguaje html. Había nacido la Web 2.0, los cibernavegantes se convirtieron en usuarios, ahora tenían voz propia, podían subir sus opiniones y comentar las ajenas.

Un viaje de ida

Tardé un buen tiempo en subir mi blog propio pero, cuando encontré la necesidad de hacerlo con el tema perfecto, ya no pude parar. Tengo muchos en línea, la mayoría muy desactualizados, pero hay uno en particular que me permitió escribir sobre lo que me gusta, compartir las experiencias que pudieran servirle a alguien más y conocer gente con intereses en común.

Lo más habitual es encontrarse con blogs que jamás cambiarán el mundo ni mucho menos. Pero si uno de cada mil sirve para algo, en un universo de más de 150 millones de bitácoras estamos hablando de un número gigante. En los blogs descubrí los rincones más increíbles de Rio de Janeiro, encontré mi cámara fotográfica ideal, leí la mejor crónica de un partido de fútbol, aprendí los secretos del html, me metí en la piel de un cubano aislado del mundo, entendí por qué me dolió tanto la muerte de Spinetta y me encontré con la próxima comida que voy a probar. Hay excelentes blogs sobre literatura y otros de literatura excelente. Los hay sobre medios, tecnología, educación, series de televisión, muñequitos de Star Wars y letreros de baños. Hay blogs de fotografías que bien podrían estar exhibidas en una muestra profesional, o de espectáculos que tienen información de primera mano, o humorísticos de un nivel a la altura de las mejores publicaciones, o de estupendas ideas descabelladas que no podrían estar en otro lugar que no sea un blog, o de denuncias que no encuentran un canal más apropiado.

Y si alguien quiere convencerme de que es una mentira que internet sea democrático, los blogs sí lo son.

No tengo nada contra las redes sociales, al contrario, pero aquel que tenga algo para decir y busca enriquecer su horizonte con el aporte de otra gente hace muy bien en tener un blog propio.

Insisto: los blogs tienen cuerda para rato, al menos hasta que se invente algo superador. Y lo ratifico cada vez que alguien se me acerca y me pregunta: ¿cómo hago para empezar un blog? Bienvenidos sean, no hay nada más gratificante que escribir sobre lo que a uno le gusta y que un lector, al menos uno, nos haga saber que le sirvió para algo.

Hernán Maglione

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