10.6.15

Espacio de lectura

Como es habitual, los martes de 14,30 a 16 hs. se reúne el grupo integrante del Espacio de Lectura.
En cada uno de los encuentros se comparten pareceres, historia argentina, discusiones... encuentros que dejan interrogantes y la "puerta abierta" para seguir leyendo a Borges.

Diálogo de Muertos- Jorge Luis Borges.
El hombre llegó del sur de Inglaterra en un amanecer del invierno de 1877. Rojizo,
atlético y obeso, resultó inevitable que casi todos lo creyeran inglés y lo cierto es
que se parecía notablemente al arquetipo John Bull. Usaba sombrero de copa y
una curiosa manta de lana con una abertura en el medio. Un grupo de hombres,
de mujeres y de criaturas lo esperaba con ansiedad; a muchos les rayaba la garganta
una línea roja, otros no tenían cabeza y andaban con recelo y vacilación,
como quien camina en la sombra. Fueron cercando al forastero y, desde el fondo,
alguno vociferó una mala palabra, pero un terror antiguo los detenía y no se
atrevieron a más. A todos se adelantó un militar de piel cetrina y ojos como
tizones; la melena revuelta y la barba lóbrega parecían comerle la cara. Diez o
doce heridas mortales le surcaban el cuerpo como las rayas en la piel de los
tigres. El forastero, al verlo, se demudó, pero luego avanzó y le tendió la mano.
— ¡Qué aflicción ver a un guerrero tan espectable derribado por las armas de la
perfidia! —dijo en tono rotundo—. ¡Pero también que íntima satisfacción haber
ordenado que los victimarios purgaran sus fechorías en el patíbulo, en la plaza de
la Victoria!
—Si habla de Santos Pérez y de los Reinafé, sepa que ya les he agradecido —dijo
con lenta gravedad el ensangrentado.
El otro lo miró como recelando una burla o una, amenaza, pero Quiroga prosiguió:
—Rosas, usted no me entendió nunca. ¿Y cómo iba a entenderme, si fueron tan
diversos nuestros destinos? A usted le tocó mandar en una ciudad, que mira a
Europa y que será de las más famosas del mundo; a mí, guerrear por las
soledades de América, en una tierra pobre, de gauchos pobres. Mi imperio fue de
lanzas y de gritos y de arenales y de victorias casi secretas en lugares perdidos.
¿Qué títulos son esos para el recuerdo? Yo vivo y seguiré viviendo por muchos
años en la memoria de la gente porque morí asesinado en una galera, en el sitio
llamado Barranca Yaco, por hombres con caballos y espadas. A usted le debo
este regalo de una muerte bizarra, que no supe apreciar en aquella hora, pero que
las siguientes generaciones no han querido olvidar. No le serán desconocidas a
usted unas litografías muy primorosas y la obra interesante que ha redactado un
sanjuanino de valía.
Rosas, que había recobrado su aplomo, lo miró con desdén.
—Usted es un romántico —sentenció—. El halago de la posteridad no vale mucho
más que el contemporáneo, que no vale nada y que se logra con unas cuantas
divisas.
—Conozco su manera de pensar —contestó Quiroga—. En 1852, el destino, que
es generoso o que quería sondearlo hasta el fondo, le ofreció una muerte de
hombre, en una batalla. Usted se mostró indigno de ese regalo, porque la pelea y
la sangre le dieron miedo.
— ¿Miedo? —repitió Rosas—. ¿Yo, que he domado potros en el Sur y después a
todo un país?
Por primera vez, Quiroga sonrió.
—Ya sé — dijo con lentitud — que usted ha ejecutado más de una lindeza a
caballo, según el testimonio imparcial de sus capataces y peones; pero en
aquellos días, en América y también a caballo se ejecutaron otras lindezas que se
llaman Chacabuco y Junín y Palma Redonda y Caseros.
Rosas lo oyó sin inmutarse y replicó así:
—Yo no necesité ser valiente. Una lindeza mía, como usted dice, fue lograr que
hombres más valientes que yo pelearan y murieran por mí. Santos Pérez, pongo
por caso, que acabó con usted. El valor, es cuestión de aguante; unos aguantan
más y otros menos, pero tarde o temprano todos aflojan.
—Así será — dijo Quiroga —, pero yo he vivido y he muerto y hasta el día de hoy
no sé lo que es miedo. Y ahora voy a que me borren, a que me den otra cara y
otro destino, porque la historia se harta de los violentos. No sé quién será el otro,
qué harán conmigo, pero sé que no tendrá miedo.
—A mí me basta ser el que soy — dijo Rosas — y no quiero ser otro.
—También las piedras quieren ser piedras para siempre — dijo Quiroga — y
durante siglos lo son, hasta que se deshacen en polvo. Yo pensaba como usted
cuando entré en la muerte, pero aquí aprendí muchas cosas. Fíjese bien, ya
estamos cambiando los dos.
Pero Rosas no le hizo caso y dijo como si pensara en voz alta:
—Será que no estoy hecho a estar muerto, pero estos lugares y esta discusión me
parecen un sueño, y no un sueño soñado por mí sino por otro, que está por nacer
todavía.
No hablaron más, porque en ese momento Alguien los llamó


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